Hay actividades que empiezan mucho antes de ponerse las botas. En rojo traza de la parte superior de la cresta. Ampliar imágenes haciendo click.
Esta empezó para mí cuando Jesús me dijo: “Cuando puedas te acercas y lo subimos”.
Después de varias invitaciones, varias cumbres que no pude acompañarle y muchas conversaciones sobre montañas, por fin llegó el momento.
Jueves por la tarde. Acumuer.
Y el viernes, todavía de noche, a las **5:10 de la mañana**, Jesús y yo comenzamos a caminar.
La montaña todavía estaba completamente dormida.
A esas horas, el valle tenía algo mágico. El silencio era absoluto y apenas necesitábamos la luz de los frontales para avanzar. En algún momento de la pista apareció uno de esos encuentros que hacen que una salida de montaña sea diferente: **un cervatillo** cruzándose en nuestro camino, sorprendido quizá tanto como nosotros por encontrarnos allí a esas horas.
Poco a poco fue amaneciendo y el paisaje empezó a descubrirse.
Nuestro objetivo estaba arriba, pero todavía quedaba muchísimo camino.
La primera gran sorpresa llegó con la **Faja de la Peña Somola**.
Jesús ya me había hablado de ella, pero una cosa es escuchar “una senda aérea y espectacular” y otra muy distinta es encontrarte caminando por una estrecha faja colgada sobre un vacío de unos **200 metros**.
Aquello ya no era una senda cualquiera.
Era una auténtica experiencia de montaña.
A un lado, la pared.
Al otro, el vacío.
Y delante, Jesús avanzando con esa tranquilidad suya que hace que cualquier cosa parezca sencilla.
Yo intentaba disfrutar del paisaje y, al mismo tiempo, recordar que lo más prudente era mirar dónde ponía los pies. 😂
La montaña se iba abriendo delante de nosotros y, poco a poco, aparecía el **Ibón de Bucuesa**.
Llegamos a sus inmediaciones y allí encontramos otra escena completamente diferente.
**Ovejas pastando alrededor del ibón**, como si aquel lugar les perteneciera desde siempre.
El nivel del agua estaba bastante bajo y dejaba ver que el verano estaba haciendo su trabajo.
Pero Bucuesa seguía siendo espectacular.
A partir de aquí cambiaba la historia.
Había que ganar altura y entrar en la cresta.
Comenzamos a remontar hacia la **Pala Rayos**.
Y entonces llegó la parte que Jesús había resumido, con su habitual modestia, como:
“Es fácil”.
Bueno… **fácil para Jesús**. 😂
La cresta Noroeste nos fue llevando hacia la cumbre con varios pasos aislados de **IIIº**, donde las manos empezaban a tener tanta importancia como los pies.
Roca, equilibrio, concentración y ese pequeño diálogo interior que todos los montañeros conocemos:
“Tranquilo. Mira. Busca el apoyo. Ahora la mano. Ahora el pie.”
Y poco a poco, metro a metro, fuimos ganando altura.
La vertiente norte de la cresta ofrece acogedoras cornisas.
Finalmente alcanzamos la cima de **Pala Rayos, 2.620 metros**.
Después de tantas horas de caminar, de trepar, de mirar hacia arriba y de sentir el vacío a nuestro alrededor, llegar allí fue una sensación difícil de explicar.
Pero quizá lo más bonito no fue solamente la cumbre.
Fue compartirla.
Jesús y yo.
Dos montañeros de generaciones diferentes, pero unidos por la misma pasión por la montaña.
Desde allí, el Pirineo se extendía en todas las direcciones.
Y todavía quedaba mucho camino.
Comenzamos el descenso por la **Canal Guerrio**, donde nuevamente había que prestar atención y utilizar las manos en algunos tramos.
La actividad estaba lejos de terminar.
Pero la montaña todavía nos tenía preparados algunos regalos.
Durante el recorrido divisamos una **manada de unos cuarenta buitres**, reunidos alrededor de lo que probablemente era el cadáver de algún animal.
Una escena salvaje, auténtica.
Sin filtros.
Sin nadie alrededor.
La naturaleza funcionando a su manera.
Más adelante, en el cauce del río, tuvimos otro pequeño encuentro inesperado: **un tritón**.
Y después de tantas horas de esfuerzo, cuando ya llevábamos encima el cansancio de la jornada, llegó uno de esos momentos que probablemente recuerde durante mucho tiempo.
Jesús conocía una **poza escondida junto a una cascada**.
Agua limpia, montaña alrededor, nadie en kilómetros…
Y decidimos que aquel era el momento perfecto para darnos un baño.
Así que acabamos la actividad como probablemente solo podía terminar una jornada como aquella:
**baño en bolas en una poza secreta del Pirineo.**
😂
Después de doce horas de actividad, el agua estaba fría.
Pero fue uno de esos baños que parecen borrar de golpe el cansancio acumulado.
A las **17:40 h** regresábamos finalmente a Acumuer.
Habían sido **12 horas y pico** desde aquella salida nocturna de las 5:10.
1.650 metros de desnivel.
Faja aérea.
Ibón.
Cresta.
Pasos de IIIº.
Canal.
Fauna.
Agua.
Y una montaña que nos había permitido disfrutar de todos sus registros.
Pero, sobre todo, había sido un día compartido con Jesús.
Y quizá eso sea lo que más me llevo de esta jornada.
Porque cuando dentro de unos años recuerde la Pala Rayos, probablemente recordaré su cumbre, la Faja de Somola, el vacío, Bucuesa, el cervatillo, los buitres, el tritón y aquella cascada escondida.
Pero recordaré especialmente que aquel **28 de agosto de 2026** hicimos juntos una de esas actividades que se quedan para siempre.
Gracias, Jesús, por invitarme una y otra vez hasta conseguir que finalmente pudiera acompañarte.
Y gracias por enseñarme que algunas montañas no se conocen simplemente llegando a su cima.
**Se conocen caminándolas, trepándolas, sintiéndolas… y compartiéndolas.**
Hasta la próxima, compañero.
**Jorge**




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