La belleza serena de mi perrita Chucky en el tramo final del monte Oturia 1.918 m cubierta de una poderosa innivación. 1 de febrero de 2026. Nos acompañan Nieves y Fernando. Ampliar imagen haciendo click. Serán diez horas entre subir y bajar.
RELATO DE NIEVES CASANOVA
En 20 km da para pensar y reflexionar. En 20 km también hay momentos para no pensar en nada y para conectar con el entorno a nivel profundo.
Los carámbanos, formando esas estalactitas cónicas de hielo que nunca me canso de mirar, son reflejo del transparente goteo constante que lleva el agua. Invitan a la pausa.
La nieve, abrigando la desnudez de las ramas que dentro de unos meses empezarán a cubrirse de hojas, regala a los árboles caducos ese mágico toque de blancos fractales que solo podemos admirar en invierno. Me gusta el invierno.
El lugar cercano a la Ermita de San Cornelio y la cascada del Chorro me pareció un “lugar de poder”. No sabría describir con palabras.
Antes de llegar a la Ermita de Santa Orosia entramos en un inmenso banco de niebla. La visibilidad se redujo drásticamente y nos sumergimos en esa dimensión de absoluto silencio truncado únicamente por el sonido de las raquetas rompiendo la nieve. La niebla es capaz de envolverlo todo con un halo misterioso. También me gusta la sensación de caminar en la niebla.
Fernando miró el radar, la previsión de la meteo… y con esa habilidad para averiguar el futuro más próximo, estaba convencido de que si seguíamos avanzando la niebla desaparecería.
Jesús, como montañero experimentado que es, advirtió de por dónde continuar hacia el Oturia: por la ladera de menor pendiente, donde no había ningún riesgo de aludes. ¡Qué regalo poder salir al monte con personas que lo conocen como la palma de su mano!
Seguimos hacia el Oturia y dejamos abajo la niebla. El cielo comenzó a pintarse de azul y la luz del sol reflejaba en la nieve con tanta intensidad que sin gafas hubiese sido imposible mantener los ojos abiertos.
Desde más arriba se veía el mar de nubes que habíamos dejado justo debajo de nosotros y lo más bonito fue poder sumergirme en esas figuras caprichosas que el viento dibuja en el hielo. El viento peina la nieve siguiendo un patrón diferente y único dependiendo de la dirección de donde sople.
Yo, un rato antes de llegar a la cima, ya estaba muy cansada. Los pensamientos destructivos empezaron a invadirme… entonces decidí hacer lo mejor para mí: parar y recrearme en la lentitud y el gozo del ritmo de mis propios pasos, en las figuras que había esculpido el viento, en las nubes que rompían el azul a trazos blancos y grises y se dejaban caer con firmeza en las montañas nevadas que se veían alrededor. Decidí dejar de esforzarme para simplemente disfrutar de esa maravilla que habitaba justo a mi alrededor. Quieta en la nieve me sentí feliz, plena y libre. Me sentí, literalmente, en el cielo.
Para mí, la felicidad en montaña significa poder embriagarme de todos los detalles del entorno.
A la vuelta, con bastante cansancio encima, Jesús se puso a cantar. Hubo una canción que me recordó automáticamente a mi madre… “se van los montañeros, se van, se van…” Mi madre me cantaba esa canción cuando era pequeña. A mi madre también le gustaba la montaña. El cansancio, cuando alguien sin pretenderlo toca la tecla de la emoción, se convierte en gozo.
Maravillosa experiencia para la primera ruta de invierno de 2026. Me vuelvo a casa con una paz psicológica inmensa y gratitud de corazón hacia la montaña y hacia mis compañeros de ruta.
Nieves.
Es hora de bajar. Nuestros predecesores, que van acompañados de un perro, han decidido bajar por la vertiente sur, de casi 40º de inclinación y con más de un metro de espesor de nieve. Peligroso. Entonces aparece un helicóptero de color verde oscuro que se posa cerca y se los lleva. Nosotros volveremos por la huella de subida y llegaremos a Yebra de Basa a punto de sacar las linternas. Ha sido una magnifica excursión sin peligro ni dificultad.
Día 1 de febrero de 2026, mi primera ruta de invierno de este año. Salimos de Yebra de Basa cerca de las 9:30 h de la mañana a caminar. Andábamos Jesús, Fernando, Chuky y yo. Ellos tres con buena experiencia en monte y yo una aprendiz a la que todavía le cuesta ponerse esas botas rígidas en los pies para calzar las raquetas. Pero, al final, siempre vale la pena.
Para mí era la primera vez en este mágico lugar. Ellos tres caminaban con soltura, incluida Chuky, la montañera más bonica y silenciosa del lugar que se la veía disfrutar revolcándose en la nieve. El paisaje precioso, un camino de ensueño y unos compañeros de ruta con un amor al monte que inspiran a continuar, aunque las fuerzas empiecen a flojear. ¿Sensaciones? Todas.
En 20 km da para pensar y reflexionar. En 20 km también hay momentos para no pensar en nada y para conectar con el entorno a nivel profundo.
Los carámbanos, formando esas estalactitas cónicas de hielo que nunca me canso de mirar, son reflejo del transparente goteo constante que lleva el agua. Invitan a la pausa.
La nieve, abrigando la desnudez de las ramas que dentro de unos meses empezarán a cubrirse de hojas, regala a los árboles caducos ese mágico toque de blancos fractales que solo podemos admirar en invierno. Me gusta el invierno.
El lugar cercano a la Ermita de San Cornelio y la cascada del Chorro me pareció un “lugar de poder”. No sabría describir con palabras.
Antes de llegar a la Ermita de Santa Orosia entramos en un inmenso banco de niebla. La visibilidad se redujo drásticamente y nos sumergimos en esa dimensión de absoluto silencio truncado únicamente por el sonido de las raquetas rompiendo la nieve. La niebla es capaz de envolverlo todo con un halo misterioso. También me gusta la sensación de caminar en la niebla.
En Santa Orosia teníamos que decidir si seguir hacia el Oturia o dar media vuelta. Mi sensación era de satisfacción, no necesitaba caminar más. Dar media vuelta siempre es buena opción cuando quedan fuerzas. Peor sería seguir avanzando y quedarse sin ellas.
Fernando miró el radar, la previsión de la meteo… y con esa habilidad para averiguar el futuro más próximo, estaba convencido de que si seguíamos avanzando la niebla desaparecería.
Jesús, como montañero experimentado que es, advirtió de por dónde continuar hacia el Oturia: por la ladera de menor pendiente, donde no había ningún riesgo de aludes. ¡Qué regalo poder salir al monte con personas que lo conocen como la palma de su mano!
Apuesto que a Chuky le pareció también buena idea seguir avanzando.
Seguimos hacia el Oturia y dejamos abajo la niebla. El cielo comenzó a pintarse de azul y la luz del sol reflejaba en la nieve con tanta intensidad que sin gafas hubiese sido imposible mantener los ojos abiertos.
Desde más arriba se veía el mar de nubes que habíamos dejado justo debajo de nosotros y lo más bonito fue poder sumergirme en esas figuras caprichosas que el viento dibuja en el hielo. El viento peina la nieve siguiendo un patrón diferente y único dependiendo de la dirección de donde sople.
Yo, un rato antes de llegar a la cima, ya estaba muy cansada. Los pensamientos destructivos empezaron a invadirme… entonces decidí hacer lo mejor para mí: parar y recrearme en la lentitud y el gozo del ritmo de mis propios pasos, en las figuras que había esculpido el viento, en las nubes que rompían el azul a trazos blancos y grises y se dejaban caer con firmeza en las montañas nevadas que se veían alrededor. Decidí dejar de esforzarme para simplemente disfrutar de esa maravilla que habitaba justo a mi alrededor. Quieta en la nieve me sentí feliz, plena y libre. Me sentí, literalmente, en el cielo.
Para mí, la felicidad en montaña significa poder embriagarme de todos los detalles del entorno.
A la vuelta, con bastante cansancio encima, Jesús se puso a cantar. Hubo una canción que me recordó automáticamente a mi madre… “se van los montañeros, se van, se van…” Mi madre me cantaba esa canción cuando era pequeña. A mi madre también le gustaba la montaña. El cansancio, cuando alguien sin pretenderlo toca la tecla de la emoción, se convierte en gozo.
Maravillosa experiencia para la primera ruta de invierno de 2026. Me vuelvo a casa con una paz psicológica inmensa y gratitud de corazón hacia la montaña y hacia mis compañeros de ruta.
Nieves.
El camino presenta un aspecto invernal. Ampliar imágenes haciendo click.
Tomar a la izquierda hacia las ermitas rupestres.
Este tramo impresionante y puede estar helado. Ampliar imagen haciendo click.
Por suerte no hay hielo,
Breve parada. Esperamos a ver si la niebla se retira.
Seguimos la huella que gira al Este y pasada la fuente y caseta del Zoque giramos hacia el oeste por la loma oriental, evitando el riesgo de aludes. El sol acaba saliendo y decidimos seguir hasta la cumbre. Vamos siguiendo la traza que nos facilita la progresión.
La loma final nos llevará casi una hora.
Chucky y yo vamos por delante.
Desde Oturia disfrutamos de un paisaje espectacular,
Es hora de bajar. Nuestros predecesores, que van acompañados de un perro, han decidido bajar por la vertiente sur, de casi 40º de inclinación y con más de un metro de espesor de nieve. Peligroso. Entonces aparece un helicóptero de color verde oscuro que se posa cerca y se los lleva. Nosotros volveremos por la huella de subida y llegaremos a Yebra de Basa a punto de sacar las linternas. Ha sido una magnifica excursión sin peligro ni dificultad.



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